El día que fui Bob Dylan
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26 dic El día que fui Bob Dylan

El pasado sábado comenzó como cualquier otro día de la semana a bordo del metro. Esta vez la línea 7 me llevaría de regreso a un aula. La idea de pasar todo un sábado encerrado en un aula con doce desconocidos puede sonar poco tentador, pero en este caso no lo era. Era inquietante, era poder seguir encontrando un sentido a la historia.

A todos nos pasa que lo desconocido nos atemoriza, el miedo al ridículo, la inseguridad de las dudas. Sin embargo eso no es lo que iba a pasar en ese lluvioso sábado . Lo que iba a suceder es que iba a confirmar anhelos juveniles. Iba a aprender a relacionar e improvisar, a descubrir que el seudónimo de Mark Twain significa “la marca de dos brazas”, a maravillarme con testimonios y que también iba a ser Bob Dylan.

El arte de entrevistar se aprende escuchando, así como a escribir aprendemos leyendo. Como todo arte creo que debe nacer del juego, la espontaneidad e ingenuidad de un juego de roles. Mientras me subía al banquillo elegido para interpretar a Bobby sólo podía pensar en sus canciones, sus poemas escritos y en lo relevante de ese momento para todos nosotros que ni siquiera conocemos al verdadero Dylan.

Preguntar es divertido, pero déjenme decirles que responder en nombre de otro lo es aún más. Quince minutos de fantasía, de miradas, de descubrimiento. Todos buscábamos una perspectiva. Todos queríamos sentir la entrevista, porque en definitiva estábamos ahí presentes por lo mismo. Aprender a ser el medio entre una buena pregunta y su mejor respuesta.

Sólo puedo entonces cerrar con una frase que escuche este fin de semana. Periodismo, vale la pena vivir por este oficio.

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