Infancia feliz, juventud infeliz
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infancia feliz

27 abr Infancia feliz, juventud infeliz

Cuando uno es niño tiene enemigos naturales, claro. En mi caso eran la familia Escalada que vivía al frente de mi casa.
Cuando con mi familia nos mudamos al barrio de Miraflores, en las afuera de la capital entrerriana, yo tenía 9 años. Y, al igual que los chicos de la cuadra,si no estaba en la escuela, estaba en la calle jugando al fútbol, o a la bolita, o al trompo, o incluso a los indios en el baldío de la esquina.
Jugábamos todos; nenes, nenas, chicos y grandes de toda la manzana M y L. Los únicos que no formaban parte de nuestra manada infantil, eran Iván y Sebastián Escalada.
Eran dos chicos de 6 y 8 años respectivamente que tenían la orden expresa de no salir de su casa porque yo, Matías, era una mala influencia para ellos por vivir en la calle y, de vez en cuando, se me escapaba una que otra mala palabra.
Quizás los padres Escalante tenían razón, era un mal ejemplo para sus hijos un niño que decía “mierda” cuando se caía de la bici, pero estoy seguro de que Iván y Sebastián, morían de ganas por jugar en la calle.
Los Escalada no eran una familia tan adinerada, mas bien los pibes iban a la misma escuela que nosotros, un colegio semi privado en Paraná, con una cuota bastante social pero que aun así no cualquiera podía pagarla.
Con esos chicos, ninguno de la manada se podía juntar, no porque no quisiéramos sino que todos podíamos llegar a “arruinarles la vida”, según palabras de la propia madre, Susana, una mujer medio petiza, de canas que siempre usaba vaqueros y remeras opacas y con un complejo de superioridad infundado.
Susana indudablemente me odiaba, no entendía cómo podía ser que mis notas en la escuela eran buenas si yo “vivía callejeando”. Entonces siempre, todas las tardes, llevaba ante mis papás una queja diferente. Primero que le usábamos la calle para jugar a la pelota, lo que era cierto, claro, pero los hacíamos los casi 12 chicos que nos juntábamos a jugar de una esquina a la otra. Una vez se renegó porque por su vereda pasábamos en la bicicleta, otra porque un barrilete se nos había enganchado en su árbol. En fin, todo lo que pudiéramos hacer junto a los chicos de la cuadra, se convertía en un reclamo de Susana ante mis papás.
Gracias a Dios, mamá y papá nunca le llevaron el apunte correspondiente y eso más la enfurecía.
Pasaba el tiempo y junto a los chicos de la manada íbamos creciendo en edad.Teníamos ya 15 años la mayoría y una vez tuve una discusión yo mismo con Marcelo, el padre de los Escalada. ¿Por qué? Porque yo había aprendido a manejar una camioneta vieja de mi abuelo y ocupé el 20% de una sombra de su árbol. Cómo olvidarlo, aquella noche me gritó que yo tendría que irme a “estacionar a la mierda” porque de lo contrario él iba a encargarse de educarme “como no lo habían hecho mis padres”. Yo le había preguntado si acaso me iba a pegar. -“Y… si hace falta…” respondió. Sin embargo no le presté la debida atención, afortunadamente.
Con el tiempo, al parecer, los padres de los ya jóvenes Escalada, parecieran haber olvidado de encargarse de su hijos.
Sebastián, el mayor, con 14 años había caído en la comisaría después de robarle la cartera a una vecina de la manzana H de nuestro barrio. Llamaron a sus padres para que lo retiren y le explicaron en qué lío se había metido su hijo mayor.
Al poco tiempo, Iván Escalada, el menor, con 12 años, había quedado internado después mezclar siete tipos de drogas diferentes y once bebidas alcohólicas las últimas 72 horas
Una realidad que a todos los chicos de la manada siempre, gracias a Dios, fue totalmente ajena, a los Escalada los golpeó bien fuerte.
Habiendo pasado casi diez años, aquellos niños separados de sus vecinos considerados “mala junta” para su padres, están en prisión; Iván por homicidio simple , hace dos años, y Sebastián por tenencia de estupefacientes con fines de comercialización, hace cuatro meses.
Hoy por hoy, mi familia se mudó al centro de Paraná, y yo por motivos universitarios estoy viviendo en La Plata, donde junto a Gonzalo, Ramiro y Fernanda, chicos de mi manada infantil, estamos finalizando nuestras carreras y ya casi por recibirnos. No perdemos el contacto con los demás de Miraflores, todos los diciembres nos reencontramos y comemos juntos al menos tres veces por semana.
Casi nadie recuerda a los Escalada. Yo sí. No sé a dónde se mudaron Marcelo y Susana, sólo espero que el tiempo los halle bien.
Periódicamente, cuando me acuerdo de mi tan linda infancia, me pregunto cómo hubiera sido la vida de los chicos Escalada si hubieran formado parte de nuestro grupo.
La conclusión incluso me sorprende…

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