La vez de las vacaciones de los 90'
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vacaciones

14 ene La vez de las vacaciones de los 90′

Normalmente en las vacaciones nos ponemos al día con las cosas que tenemos pendientes, los amigos, las salidas, las series, arreglar eso que siempre dejas para “cuando tengas tiempo”, sacar a pasear el perro, lavar el auto -de tus viejos para que te lo presten, claro, somos millenials de pedo tenemos un celular propio- pero eso lo cuento en otra historia. Así con todo,  además si estás con suerte pegas viaje.

Particularmente en mi caso he sido una afortunada y tengo varios viajes vacacionales en mi haber.

Quiero remitirme en este caso a los plenísimos 90’s cuando a mi familia le cabió un montón estar muy cerca de Brasil con sus playas espléndidas del sur -y la dramatiquísima devaluación de su moneda que nos dejaba en un cambio de 0,50$ por 1 reais- para armar tremendos road trips con amigos y sus respectivos hijos, los que se convertían en mis pseudo primos.

Listo, caravana de autos escuchando Luis Miguel, Laura pausini, Ricky Martín, Donato y Estefano y etc (las madres nos llevaban bajo semejante yugo musical), alquiler de cabañas cercanas donde lo importante era siempre ir a ver qué pasaba en la de al lado, mucha playa y meterse al mar a barrenar; culo lleno de arena y a no descuidarse con las putisimas aguas vivas (se me pego una en la cara, llore como si me estuvieran despellejando). Además de comprar pareos y hamacas paraguayas al ciego de todos los años ( siempre sospeché, tenía un máster en marketing por cómo vendía ese tipo). Lo de siempre,  hasta que un día fuimos a uno de esos mega supermercados. 

La historia es así, mis primos en ese momento eran tres mocositos de entre 5 y 9 años y mi hermana y yo teníamos 6 y 8 respectivamente; como cualquier menor insurrecto nos hicimos los aventureros y rajamos para la parte de los juguetes al fondo, fondo del super. Todo muy lindo, muy conmovedor, hasta que después de 30 minutos de boludeo intenso nos olvidamos de  medir que los padres tienen un tiempo estimado de compras (el sector masculino la hacía cortisima con six pack de birras x 10, carne y listo; el femenino estaba enfrascado entre cuántos litros de protector solar y cajas de Garotos para los tíos podían stockear sin derretirse en el calor brazuka).

Bueno me fui por las ramas, el tema principalmente es que nos estábamos abusando del paseo mercader de nuestros progenitores entonces sabíamos que teníamos que pegar la vuelta a las cajas, que era el meeting point implícito. Primos huyeron tipo flash y nosotras en una de esas tres millones de dobladas y recalculadas nos perdimos, sí, lógico. En ese momento éramos chiquitas (y para ser fiel a la verdad, JAMÁS, fuimos de una altura muy respetable) entonces todo parecía mucho más grande, más lejos, más aterrador –incluso las cartucheritas divinas de Turma da Monica que tanto nos gustaban– lo que derivó en mi cara de terror y mi hermana, pobrecita ella que además se sentía responsable por mi, empezó a rezar y a jurar sobre todas nuestras pasadas y futuras acciones que nunca más nos íbamos a portar mal y otras sandeces -que por supuesto no cumplimos- si por favor encontrábamos a nuestra familia.

A los 5 minutos apareció entre una de las góndolas mi vieja –que se ve era precursora del GPS mental por qué siempre siempre siempre sabía dónde estábamos y que variedad de cagadas nos podíamos estar mandando– con cara de culo porque nos habíamos desaparecido mucho tiempo; lo bueno es que automáticamente se calmó al ver el espanto que llevábamos puesto nosotras. Nada, seguro nos comimos una cagada a pedos y nada más, pero al día de la fecha recuerdo el momento de pánico interminable y lo mucho que me hicieron reir las promesas mentirosas de mi hermana.

Felices vacaciones y viaje a los que les toque. A los que no, siempre hay una pileta amiga el finde, o un supermercado donde perder un crío y que sea LA aventura. 😬

Muriel

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